Una biografía:
Las biografías son para los vivos como los epitafios para los muertos.
Lo que se dice muy poco tiene que ver con la persona.
Nuestros hechos serán la única huella de lo que hicimos,
lo que se diga, será obra de sus propios autores.
En mi caso es tan breve lo que se puede decir sobre mí,
que considero más honesto y auténtico recurrir al "autorretrato".
Quién soy y lo que hago, no es obra mía.
Es solo una interpretación y expresión de lo que Dios me ha permitido ser en mi paso por este mundo.
Nací un 16 de julio por accidente geográfico en la Ciudad de México, en 1983, como Alejandro Cabrera de la Mora.
Hoy, por decisión, pretendo ser ciudadano del mundo.
Soy autodidacta no por pereza, sino por convicción.
Sin menospreciar los aciertos de los demás, he preferido aprender de mis propios errores,
lo que me ha permitido ir creciendo con dificultad, pero con certeza.
No he tenido más escuela que la vida misma y las experiencias que se viven al vivir;
bajo la guía de mis Maestros, todos los Seres con quienes he tenido el privilegio de compartir la existencia.
El detonante de mi inspiración ha sido “la frustración creativa”,
el suspenso previo a alcanzar lo esperado junto a la emoción de encontrar lo que no se imaginaba.
La arquitectura, el diseño, la escultura, la fotografía, su movimiento en el cine; y particularmente, la música,
son las disciplinas con las que se identifica un ser más visual y auditivo, que literario.
Para mi las letras son puntos y líneas, silencios y sonidos; las palabras trazos, y las frases proporciones entre la figura y el fondo, con lo que intento hacer poesía visual.
Inconforme desde la niñez, tiendo a rechazar lo establecido, sin reñir con lo que está dado.
Conectado con la música desde antes de nacer, desde Vivaldi hasta Sanz, me vi atrapado entre las formas de Miguel Ángel y atraído por las técnicas y diseños de Barragán y Candela; quedando entre mis mobiliarios preferidos, el estilo Luis XV y las sillas Barcelona.
A los cuatro años de edad diseñé y construí mi primera “casa”, con tabiques de Lego; mi pasatiempo favorito era "autodibujarme" de espaldas, dibujando; y con el tiempo, me dio por averiguar en qué se parecen la carátula de un Audemars Piguet y la parrilla de un Maybach; con la misma irreverencia con que he comparado las líneas de un Constellation, un Concorde y un cuchillo Christoffle.
Maximus Blanc cobró vida y forma en mi mente a partir del contraste incomparable del carbón sobre el papel, dando paso con los años a la policromía y la plasticidad del acrílico
que me permiten seguir jugando con los colores y las texturas que ofrece la vida.
Mi mayor afán es contribuir a crear espacios de armonía donde pueda convivir el Hombre en comunión con su Creador y compartir dichos espacios para satisfacción del espectador.
Alejandro Cabrera de la Mora. Florida, 2007.